LA NAVIDAD SIGUE AQUÍ por Amparo Baviera

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Hace mucho frío. El invierno ha llegado con fuerza en las fechas navideñas. Estamos llegando a temperaturas bajo cero. Estoy muy preocupado y no hago más que mirar a Kokebe. Fue una tragedia que tuviéramos que huir precisamente de Etiopia cuando ella se quedó embarazada. El viaje hasta España ha sido realmente duro. Básicamente, lo puedo describir como una calamidad detrás de otra: problemas con los papeles y las embajadas, desplazamientos incómodos y denigrantes en vagones de trenes de mercancías y bodegas de barcos, e incluso, días enteros sin nada que poder llevarnos a la boca.

No hago más que preguntarme cómo se encontrará nuestro hijo. Menos mal que, de vez en cuando, responde a nuestras interrogaciones con algunas cariñosas patadas. Espero que sea su manera de decir: “Papás, estoy bien. No os preocupéis”. Nosotros no encontramos mejor manera de contestarle que acariciando suavemente el vientre de mi esposa. Al mismo tiempo, le contamos lo mucho que le queremos, las ganas locas que tenemos de ver su carita y poder acunarlo en nuestros brazos.

A pesar de todo, Kokebe no se ha quejado ni un solo instante. Cuando vemos aparecer un contratiempo en el horizonte, su mirada se entristece pero nunca pierde esa dulzura característica suya. En esos momentos, nos miramos y, sin más, somos capaces de comprender el dolor que siente el otro. Como bálsamo, intentamos transmitirnos todo el cariño y el apoyo posible a través de nuestros cansados ojos.

En su situación, yo habría tirado la toalla hace tiempo. Me habría quedado en Etiopia o en cualquier país del trayecto. Ella no. Ella ha querido seguirme hasta España. Siempre con una sonrisa. Me alegro tanto de que esté a mi lado. No hubiera sido capaz de conseguirlo sin ella.

Kokebe significa “Mi estrella”. En verdad, ella siempre ha sido mi estrella. Desde que la conocí hace unos años, no he querido tener otra luz en mi vida. Ni otra estrella, ni otra luz, ni otra mujer. Si no fuera ése el significado de su nombre, yo la llamaría así: Kokebe. A veces, bromeamos porque mi nombre es Caleb y significa “el devoto”. Yo siempre le digo que soy su Caleb, su devoto. Ella siempre se ríe con este tipo de bromas. Me encanta escuchar su risa.

Hace ya 7 meses que salimos de nuestro país. Kokebe sabía que estaba embarazada de pocas semanas. Aún estábamos celebrándolo, cuando tuvimos que tomar esta dura decisión. Quién nos lo iba a decir… Sin embargo, ella no dudó ni un segundo en preparar las maletas y huir conmigo.

Calculados los plazos, es fácil deducir que salimos de cuentas en breve. Apenas tenemos lo necesario para recibir a nuestro bebé. Hay noches enteras que no duermo pensando en lo que vamos a hacer. No sé cómo saldremos de esta situación ni cómo la afrontaremos llegado el momento. No le cuento mis miedos e incertidumbres a Kokebe porque no quiero alarmarla. Ella ya tiene suficiente con sacar adelante el niño que lleva en sus entrañas. ¿Qué consigo contándole todas mis preocupaciones?

Acabamos de llegar a Valencia. La idea es alojarnos en casa de los amigos de unos familiares. Espero que estén allí y puedan acogernos esta noche. No me responden al teléfono y la situación es cada vez más alarmante. Estoy seguro de que Kokebe está a punto de dar luz. En los últimos días, apenas puede andar y se cansa en seguida. Me vuelvo loco cada vez que la veo tan fatigada. Trato de animarla como puedo.

Nos han indicado cómo llegar a la calle Alta del barrio del Carmen. Nuestros amigos viven ahí. De camino, consigo que Kokebe se distraiga disfrutando de la iluminación de las calles de esta preciosa ciudad. Hay de todos los colores. Es una auténtica maravilla. Por unos deliciosos minutos, olvido todos los problemas que tengo en mi mente.

En una plaza, han montado un Belén viviente. El portal es inmenso. No se puede haber elegido mejor a los intérpretes de San José, la Virgen María y el niño Jesús. Tanto su aspecto físico como su vestuario son inmejorables. El niño Jesús parece muy tranquilo y no se le oye llorar. Justo, pillamos el momento de la adoración de los Reyes Magos que han llegado siguiendo la estrella de Oriente.

No sé por qué me siento unido a ellos de algún modo. Ellos también tuvieron que emigrar de su país natal cuando María estaba embarazada. Igualmente, tuvo que dar a luz en una ciudad que no era la suya y no disponían de mucho para ese gran momento. Kokebe también es la estrella que me ha guiado desde que la conocí. Sólo espero poder encontrarme, algún día, con esos tres Reyes Magos. Deseo, con todo mi corazón, que sea en breve.

Dejamos atrás el Belén y nos adentramos en la calle Caballeros. Hay mucho tráfico. Es víspera de Nochebuena y la gente anda loca con las compras de última hora. No le quito ojo a Kokebe. De repente, le ha cambiado la cara y ha hecho un gesto muy extraño. Se inclina hacia delante ahogando un grito de dolor. Me coge fuerte de la mano. ¿Habrá llegado el momento?

¿Qué hago? Miro alrededor. Todo el mundo lleva mucha prisa. Le pregunto a Kokebe qué pasa. Me contesta diciendo que cree que tiene contracciones. Desde que llegamos a Valencia, la frecuencia de las mismas ha ido aumentando. No le ha dado importancia hasta este momento que se retuerce del dolor. Siendo yo más negro que el tizón, me quedo blanco del impacto de lo que me acaba de decir.

Pido ayuda. Kokebe no se sostiene ya de lo que está sufriendo. Un policía se acerca para ver qué ocurre. Le digo que mi mujer está de parto pero que no sé qué hacer ni a dónde ir. No somos de aquí. El policía me mira fijamente analizando la situación. Creo ver una pizca de compasión en sus ojos. ¿Qué va a hacer con nosotros?

Nos dice que va a llamar una ambulancia pero que, mientras tanto, no podemos estar en la calle. Valencia está colapsada. No tiene ni idea del tiempo que puede tardar en llegar. Su padre, un pensionista, vive cerca de donde nos hemos detenido. Avisa al compañero con el que está dirigiendo el tráfico y, como podemos los dos, llevamos a Kokebe a la casa.

El padre del policía está manteniendo una acalorada discusión con un chico más joven. El policía interrumpe sin ningún tipo de preámbulo gritando que hay una persona que necesita ayuda de verdad. Añade que ya está bien de tanta tontería padre-hijo, que estamos en navidad y que su querido hermano necesita madurar de una vez.

¿Es posible? Da la casualidad de que el hermano del policía es uno de los ginecólogos de Valencia más prometedores. Le ha ido tan bien en el trabajo que se ha olvidado de la familia que lo vio nacer. Esa es la razón de una de tantas discusiones. Rápidamente, el policía me lo explica todo como puede, advirtiéndome de que ahora lo más importante es atender a mi mujer. Me parece perfecto.

Entre los cuatro, llevamos a Kokebe a un humilde dormitorio. Las contracciones van en aumento y su cara de dolor me llena de consternación. ¿Irá todo bien? ¿Sobrevivirán los dos?

El joven ginecólogo nos da una serie de instrucciones que los tres hombres seguimos a raja tabla. Nos avisa de que la ambulancia ha de venir ya o el parto será ahí mismo. Tanto el padre como el hijo policía me animan a no moverme del lado de Kokebe conforme va avanzando la situación. Estoy temblando de nervios, de miedo, de estupor, de…

Al parecer, nuestro hijo no está dispuesto a esperar a que llegue la ambulancia. Ha tomado la determinación de salir al mundo en esa casa desconocida y de la mano de estos tres hombres que acabamos de conocer.

Yo no soy médico ni entiendo de estos temas pero, por lo que estoy viendo, deduzco que va todo bien. Kokebe no para de retorcerme la mano del dolor. Lo importante es que sienta que estoy a su lado y que la ayudo de la única manera que me es posible. Pierdo por completo la noción del tiempo a medida que progresa el parto. No puedo evitar que me broten las lágrimas. Kokebe también está llorando. Finalmente, escuchamos llorar a la criatura. Es un niño precioso.

Después de que el ginecólogo examine al bebé, se lo entrega en brazos a su madre. No nos lo creemos. Lo hemos conseguido. Estamos radiantes de felicidad. A pesar de los pesares, no ha habido ninguna complicación en el parto y el niño que tenemos no puede encontrarse mejor. Mientras Kokebe y yo acariciamos a nuestro hijo, los tres hombres nos miran con enorme cariño. Han trabajado duro mano a mano, manifestándose la gran compenetración que hubo en otro tiempo. Ya no son unos desconocidos para nosotros. Son nuestros reyes magos particulares.

Escuchamos la sirena de la ambulancia que viene a por nosotros. El médico nos avisa de que él se encarga de coordinarlo todo. Le miro a los ojos dándole las gracias. Le confieso que le estaré eternamente agradecido por lo que ha hecho. Intuyo que algo ha cambiado en él. Antes de bajar a la calle para hablar con el conductor de la ambulancia, abraza a su padre. Tengo la sensación de que estamos todos llorando.

Camino del hospital, abrazo a Kokebe y a nuestro hijo recién nacido. No encuentro palabras para describir el inmenso gozo que siento al descubrir que la Navidad sigue aquí. No se ha marchado todavía.

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